domingo, 4 de marzo de 2007

El Apunte (10)


¿La imaginación al poder?

Entre el “prohibido prohibir” del ingenuo mayo francés y la actual ola prohibicionista el término medio es el de los hechos ciertos.

Màrius Serra, el gran alquimista catalán de las palabras, cuestionaba hace quince días en La Vanguardia las bondades de la “ley Kruger”. Carl Kruger, senador demócrata por el estado de Nueva York, ha presentado un proyecto de ley para prohibir el uso de dispositivos electrónicos mientras se circula por la calle. Pero, ojo, quien circula en este caso es el peatón, no los vehículos. Es decir, no estamos discutiendo medidas como la “ley Hereu” en que se regula el tránsito de las bicicletas en el entorno urbano de Barcelona. O leyes de rango europeo que pretenden limitar las distracciones que sufren los automovilistas en permanente consulta de sus dispositivos de GPS. Ahora se discute el tránsito de a pie, afectado por el uso de la iPod, de la Palm o del teléfono móvil.

En la lucha permanente entre libertad y regulación cada vez son más las voces que alertan del recurso fácil al prohibicionismo. Uno de los últimos ejemplos del debate entre “liberales” y “prohibicionistas” ha sido el proyecto de ley para regular el consumo de alcohol, singularmente entre los jóvenes, que el gobierno español ha retirado, en previsión de repercusiones negativas en las próximas elecciones municipales.

Independientemente del posicionamiento ideológico previo entre “individualistas”, para quienes toda ley atenta siempre contra “sus” derechos, y “prohibicionistas”, que pueden llegar a confundir el bien común con sus propias neuras, no está de más descender al terreno del “casus exempli” para tomar alguna perspectiva más cercana entorno a la necesidad de reglamentar las actividades que nos afectan como individuos pero también como colectivo. En el caso de Kruger se cita el hecho cierto de que tres neoyorquinos fueron atropellados en Brooklyn mientras distraídamente hablaban por el móvil o escuchaban música. Una circunstancia que evidencia lo tremendo del caso es que, en al menos uno de los casos referidos, los transeúntes intentaron en vano avisar a la persona que acabaría atropellada. Tampoco es peccata minuta el caso de algunos ciclistas barceloneses que abandonan sus carriles y obligan al probo transeúnte a hacer equilibrios para salir indemne de unas aceras reconvertidas en ocasionales velódromos. Ni hay que despreciar la estulticia humana que empieza a confiar más en lo virtual que lo real y que ha provocado, como atestiguaba el The Times, que diversos vehículos hayan caído al río Avon, al hacer más caso de su GPS que de las señales de la carretera que alertaban que el puente sobre el río estaba cortado.

Es decir, que entre el “prohibido prohibir” del ingenuo mayo francés y la actual ola prohibicionista el término medio es el de los hechos ciertos, y éstos son que hay que intentar que la gente ande por la calle atendiendo a su vida y a la de los demás. O sea, simplemente “fijándose”, por aquello de que no estamos solos.
También a la tecnología hay que cogerle el tranquillo, precisamente porque nos es completamente imprescindible y porque su uso - por novedoso- suele chocar con las ancestrales formas de relación de los humanos. Mientras tanto, y en espera de regulaciones de calado más profundo, para ir tirando no estaría de más reformular algún mandamiento en versión tecnológica que nos aconseje amar a nuestros semejantes de la misma manera que amamos a nuestra iPod. ¿O no?.

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