miércoles, 2 de mayo de 2007

El Apunte (15)


Usabilidad, un nuevo mantra

El mantra moderno que se nos avecina en el mundo del ordenador es el de la usabilidad. Lejos de mí negar el pan y la sal a referentes europeos de la materia tan cercanos y estimados como Josep Casanovas. Lo que ocurre es que cuando algo se convierte en moda, en el pecado lleva la penitencia o, como suele decirse ahora, muere de éxito. Se usa y abusa de la nueva noción, expresada en un vocablo que suele terminar desgastado y pervertido. Un vaciado de contenido que no es ajeno a la tendencia a trivializar cualquier cosa - léase ciencia, disciplina o información - para que su consumo pueda ser "masivo". Vamos, que en nombre de las masas se puede asesinar cualquier idea compleja o potente reduciéndola a anécdota o desvistiéndola de los atributos que, en verdad, la sustentan.

Como pequeño homenaje a la materia que tan bien domina y sabe explicar Josep, creo advertir que la usabilidad, entendida en concepto amplio - y seguramente muy poco académico -, se extiende hacia todos los ámbitos en que los humanos nos relacionamos con las máquinas. Quizás hablemos más, entonces, de facilidad, simplicidad y univocidad en nuestra interacción con todo tipo de artilugios con los que nos las vemos y deseamos cada día.


Viene esto a cuento por mi manifiesta incapacidad para "dialogar" de una manera inteligente con los aparatos que, en teoría, deberían hacerme la vida más sencilla y amable. A modo de ejemplo, expongo la manera de afrontar una singular relación usuario-proveedor con las máquinas del ayuntamiento de Barcelona que te permiten pagar el estacionamiento del vehículo en las zonas azules y verdes. Cíclicamente me enfrento al mismo problema; sólo de rememorarlo me entran sudores fríos; se me dispara el mecanismo de alerta anti-bricolaje y los perversos efectos del bloqueo mental se me instalan como un virus interno ante el cual no he desarrollado aún la vacuna adecuada. En resumen, que pierdo el mundo de vista. Y es que la cosa está muy clara: para pagar mi aparcamiento pongo la tarjeta de crédito en la ranura y ahí se desencadena todo. El agujero no se "traga" la tarjeta como suele ser habitual en muchas otras máquinas sino que simplemente admite que se le deposite el plástico. Como no hay una posición en la que la tarjeta quede fijada dentro del dispositivo que la acepta, el probo ciudadano puede pasarse su buen cuarto de hora intentando averiguar hasta donde hay que hacer avanzar el plástico para que el mecanismo de cobro se active. En mi caso, al no estar especialmente dotado para estas artes, he necesitado de diversas experiencias nefastas que se han resuelto ora pagando en efectivo ora por el tradicional sistema de prueba/error, a base de insertar la tarjeta de mil maneras posibles, hasta alcanzar un éxito final que, por aleatorio, no supone el necesario aprendizaje. Tras estas arduas experiencias, la última vez no me amilané y, en un esfuerzo supremo, conseguí un milagroso desbloqueo mental y acabé por "comprender" la magnitud de la tragedia. Simplemente, la tarjeta debe "encajarse", ni más adentro ni más afuera, en una posición exacta que permite accionar los botones que regulan el tiempo que se desea pagar: un milímetro más o un milímetro menos impide que la máquina funcione.

Amenazo con otro apunte que, otro día, navegará por las procelosas aguas de dispositivos y circunstancias semejantes, con los que poder comparar el "casus belli" de hoy...