
Usabilidad, un nuevo mantra
El mantra moderno que se nos avecina en el mundo del ordenador es el de la usabilidad. Lejos de mí negar el pan y la sal a referentes europeos de la materia tan cercanos y estimados como Josep Casanovas. Lo que ocurre es que cuando algo se convierte en moda, en el pecado lleva la penitencia o, como suele decirse ahora, muere de éxito. Se usa y abusa de la nueva noción, expresada en un vocablo que suele terminar desgastado y pervertido. Un vaciado de contenido que no es ajeno a la tendencia a trivializar cualquier cosa - léase ciencia, disciplina o información - para que su consumo pueda ser "masivo". Vamos, que en nombre de las masas se puede asesinar cualquier idea compleja o potente reduciéndola a anécdota o desvistiéndola de los atributos que, en verdad, la sustentan.
Como pequeño homenaje a la materia que tan bien domina y sabe explicar Josep, creo advertir que la usabilidad, entendida en concepto amplio - y seguramente muy poco académico -, se extiende hacia todos los ámbitos en que los humanos nos relacionamos con las máquinas. Quizás hablemos más, entonces, de facilidad, simplicidad y univocidad en nuestra interacción con todo tipo de artilugios con los que nos las vemos y deseamos cada día.
Viene esto a cuento por mi manifiesta incapacidad para "dialogar" de una manera inteligente con los aparatos que, en teoría, deberían hacerme la vida más sencilla y amable. A modo de ejemplo, expongo la manera de afrontar una singular relación usuario-proveedor con las máquinas del ayuntamiento de Barcelona que te permiten pagar el estacionamiento del vehículo en las zonas azules y verdes. Cíclicamente me enfrento al mismo problema; sólo de rememorarlo me entran sudores fríos; se me dispara el mecanismo de alerta anti-bricolaje y los perversos efectos del bloqueo mental se me instalan como un virus interno ante el cual no he desarrollado aún la vacuna adecuada. En resumen, que pierdo el mundo de vista. Y es que la cosa está muy clara: para pagar mi aparcamiento pongo la tarjeta de crédito en la ranura y ahí se desencadena todo. El agujero no se "traga" la tarjeta como suele ser habitual en muchas otras máquinas sino que simplemente admite que se le deposite el plástico. Como no hay una posición en la que la tarjeta quede fijada dentro del dispositivo que la acepta, el probo ciudadano puede pasarse su buen cuarto de hora intentando averiguar hasta donde hay que hacer avanzar el plástico para que el mecanismo de cobro se active. En mi caso, al no estar especialmente dotado para estas artes, he necesitado de diversas experiencias nefastas que se han resuelto ora pagando en efectivo ora por el tradicional sistema de prueba/error, a base de insertar la tarjeta de mil maneras posibles, hasta alcanzar un éxito final que, por aleatorio, no supone el necesario aprendizaje. Tras estas arduas experiencias, la última vez no me amilané y, en un esfuerzo supremo, conseguí un milagroso desbloqueo mental y acabé por "comprender" la magnitud de la tragedia. Simplemente, la tarjeta debe "encajarse", ni más adentro ni más afuera, en una posición exacta que permite accionar los botones que regulan el tiempo que se desea pagar: un milímetro más o un milímetro menos impide que la máquina funcione.
Amenazo con otro apunte que, otro día, navegará por las procelosas aguas de dispositivos y circunstancias semejantes, con los que poder comparar el "casus belli" de hoy...
El mantra moderno que se nos avecina en el mundo del ordenador es el de la usabilidad. Lejos de mí negar el pan y la sal a referentes europeos de la materia tan cercanos y estimados como Josep Casanovas. Lo que ocurre es que cuando algo se convierte en moda, en el pecado lleva la penitencia o, como suele decirse ahora, muere de éxito. Se usa y abusa de la nueva noción, expresada en un vocablo que suele terminar desgastado y pervertido. Un vaciado de contenido que no es ajeno a la tendencia a trivializar cualquier cosa - léase ciencia, disciplina o información - para que su consumo pueda ser "masivo". Vamos, que en nombre de las masas se puede asesinar cualquier idea compleja o potente reduciéndola a anécdota o desvistiéndola de los atributos que, en verdad, la sustentan.
Como pequeño homenaje a la materia que tan bien domina y sabe explicar Josep, creo advertir que la usabilidad, entendida en concepto amplio - y seguramente muy poco académico -, se extiende hacia todos los ámbitos en que los humanos nos relacionamos con las máquinas. Quizás hablemos más, entonces, de facilidad, simplicidad y univocidad en nuestra interacción con todo tipo de artilugios con los que nos las vemos y deseamos cada día.
Viene esto a cuento por mi manifiesta incapacidad para "dialogar" de una manera inteligente con los aparatos que, en teoría, deberían hacerme la vida más sencilla y amable. A modo de ejemplo, expongo la manera de afrontar una singular relación usuario-proveedor con las máquinas del ayuntamiento de Barcelona que te permiten pagar el estacionamiento del vehículo en las zonas azules y verdes. Cíclicamente me enfrento al mismo problema; sólo de rememorarlo me entran sudores fríos; se me dispara el mecanismo de alerta anti-bricolaje y los perversos efectos del bloqueo mental se me instalan como un virus interno ante el cual no he desarrollado aún la vacuna adecuada. En resumen, que pierdo el mundo de vista. Y es que la cosa está muy clara: para pagar mi aparcamiento pongo la tarjeta de crédito en la ranura y ahí se desencadena todo. El agujero no se "traga" la tarjeta como suele ser habitual en muchas otras máquinas sino que simplemente admite que se le deposite el plástico. Como no hay una posición en la que la tarjeta quede fijada dentro del dispositivo que la acepta, el probo ciudadano puede pasarse su buen cuarto de hora intentando averiguar hasta donde hay que hacer avanzar el plástico para que el mecanismo de cobro se active. En mi caso, al no estar especialmente dotado para estas artes, he necesitado de diversas experiencias nefastas que se han resuelto ora pagando en efectivo ora por el tradicional sistema de prueba/error, a base de insertar la tarjeta de mil maneras posibles, hasta alcanzar un éxito final que, por aleatorio, no supone el necesario aprendizaje. Tras estas arduas experiencias, la última vez no me amilané y, en un esfuerzo supremo, conseguí un milagroso desbloqueo mental y acabé por "comprender" la magnitud de la tragedia. Simplemente, la tarjeta debe "encajarse", ni más adentro ni más afuera, en una posición exacta que permite accionar los botones que regulan el tiempo que se desea pagar: un milímetro más o un milímetro menos impide que la máquina funcione.
Amenazo con otro apunte que, otro día, navegará por las procelosas aguas de dispositivos y circunstancias semejantes, con los que poder comparar el "casus belli" de hoy...

1 comentario:
Amic,
Em recorda el brillant inici del teu apunt com d’efímer és l’èxit de les paraules, ja que els humans, i els consultors especialment, som especialistes en cremar els mots.
De fet, és un exercici divertit pensar que vindrà després, o aprofitant el clàssic "pot passar el següent?!", pensar quina tendència agafar el relleu de la paraula de moda actual.
Quan Internet va fer el boom (1998) -no el crash (2000)-, em vaig divertir pensant que vindria després. Vaig arribar a la conclusió que vindria el cable a canviar el paradigma d’una època en que ens preocupava (i molt!) que una pàgina pesés 60 Kbytes.
Em vaig equivocar.
Clar, no sóc el Negroponte, jo. La banda ampla va venir més tard, però per l’ADSL i no pel cable, tot i que els continguts que em pensava que triomfarien, l’àudio i el vídeo en concret, ha tingut el seu puntet de protagonisme amb You Tube.
Amb el boom de la Innovació (2004) no el crash (2006), em vaig divertir pensant que vindria després. Encara no he trobat la resposta.
Alguns aposten per la imaginació, però jo ho trobo molt bucòlic. Altres per la creativitat, que em fa pensar més en l’art que en l’empresa.
La realitat és que estem en un món on la majoria de la gent s’avorreix a la feina fins el punt de trobar sortides elegants a la seva energia. I si no que tiri la primera pedra qualsevol de vosaltres, que està tip de fer de voluntari, o de fer esport o de buscar-se qualsevol repte interessant per d’intel•lecte. O d’escriure en un blog.
Es poden permetre les empreses aquestes fugues d’ànima? Potser donar-li nom a això, i posar-li ciència i procés, serà el següent esglaó de la innovació.
Segur que també m’equivoco.
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